La mujer sostuvo la botella de whisky vacía mientras observaba la habitación, tenuemente iluminada por una triste bombilla en la que había enganchadas un par de moscas viejas.
La destartalada cocina estaba en peores condiciones de las que recordaba, y eso la hizo sentirse algo sucia, como si en parte fuera culpa suya por no haber llegado antes.
- ¿Hola?
Silencio.
Dejó la botella de whisky sobre la mesa de madera y se limpió por instinto en los tejanos.
Ya había caído la noche y empezaba a hacer frío de verdad. La cabaña estaba bastante apartada de cualquier núcleo urbano y se notaban siempre unos grados de menos. La mujer se cerró el cuello de la cazadora y se calentó las manos con el vaho.
Miró hacia el pasillo. Luz tenue procedente del salón.
Él estaba sentado en el suelo frente a un tímido fuego, sobre los cojines del sofá. Muy cerca de una pobre llama que trataba de calentar e iluminar, sin lograrlo.
- Has encendido el fuego, bravo -trató de sonar casual y divertida-. En tu estado te imaginaba desnudo en medio del bosque persiguiendo alguna alimaña.
- Hombre... fuego... -masculló él sin apartar la mirada de la chimenea.
Treinta años de las mismas bromas infantiles, y aún le arrancaban una sonrisa. Triste esta vez.
Echó un par de troncos más a la hoguera, cogió la manta de sofá, húmeda y vieja, y se sentó junto a él, pasándola por encima de ambos. El instinto la empujó a abrazarlo, quiso frenarse por respeto, pero lo abrazó; muchos años, muchas batallas.
- ¿Cómo estás? -preguntó en tono conciliador.
- He vomitado tressvecesss y mencuentro como una mierrrda -arrastraba las palabras. Apoyó la cabeza en las dos manos. Sus rizos ya canosos sobresalían entre los dedos-. Estaba helado. Creo quehetardado comunahora en encenderrlo. Fueeeegoooo...bueeeno.
Ella se acurrucó junto a él bajo la manta y suspiró con fuerza. Iba a ser una de las conversaciones más jodidas de su vida.
- ¿Sólo tres veces? Espero que haya sido fuera de la cabaña -ella inició el gesto de acariciarle los rizos, pero se frenó, le frotó la espalda en círculos-. Para haberte soplado el Macallan de 18 años en una tarde, yo te veo estupendo.
Pasaron un rato en silencio. Observando como el fuego cogía fuerza.
Él respiraba con intensidad. Algún resoplido. Se iba despejando.
De repente se rascó la cabeza con nerviosismo.
- Lo siento -soltó en un sollozo.
Ella retiró la mano de su espalda y cruzó los brazos.
- Yo también lo siento, ¿sabes? -apretó los labios para evitar las lágrimas.
- Sí. Lo sé, lo sé cariño. Lo siento, ¿vale? Me siento como un judas de mierda.
- ¿Judas? Judas era un traidor, no un cobarde.
Mierda. La intención de ser conciliadora y comprensiva se había esfumado de golpe. Demasiada tensión, demasiado reactiva.
Silencio. Ella se sintió mal. Él se sintió mal.
- Perdona -dijo ella-. Estoy cabreada contigo.
- Ya. No estoy orgulloso, pero es mi decisión.
Ella inspiró fuerte y resopló.
- Has estado con ella -fue más una afirmación que una pregunta.
- Sí. Ya está todo -lo dijo calmado.
- ¡No, no está joder! ¡Y no es sólo tu decisión, tienes una familia! Muchos años juntos. Huir como un crío asustado no es la solución, joder -de repente tenía lágrimas corriendo por sus mejillas. Se había dicho que sería fuerte, pero ahí estaban-. Podemos hablarlo, al menos. ¿No? Nos lo debes. ¡Joder!
- No -dijo él, y sonó firme, sereno y firme-. Es mi vida. Y los críos ya son mayores. Tienen la suya. Ya no me necesitan.
El colmo. Ella rompió en sollozos. Apartó la manta de un golpe y se levantó. No podía estar cerca de él.
Se giró.
- ¡Puto egoísta de mierda! ¡Y yo qué! ¿Después de todo lo que hemos pasado me dejas así?
- No quiero pasar por lo que pasaron mis padres. Lo sabes, cariño. Ya lo hemos hablado.
- ¿Hablado? Siempre pensé que era una de tus tonterías fantasiosas y exageradas. ¿Pero qué te ha estado pasando por la cabeza todos estos años?
- Sonia lo entiende, esperaba que tu también lo entendieras.
- Ah, claro, Sonia la comprensiva ¡Esa zorra te dirá lo que quieras oír, joder! ¡Yo soy tu mujer y te digo que hay otras opciones!
Él la miró a la cara.
- No las hay, sólo habrá sufrimiento para todos. Y no quiero eso cariño, ya lo sabes. No lo quiero para nadie.
Ella se arrodilló frente a él y lo abrazó entre sollozos. Él correspondió con ternura y se dejó llevar por la emoción.
- Es la decisión más difícil de mi vida -dijo entre lágrimas-. No esperaba que lo aceptaras, pero sí que la respetaras.
- ¡No puedo, no puedo! -ella lloraba con la cabeza hundida en la manta.
Lloraron abrazados un rato.
Luego, él le cogió la cara con ambas manos y la sostuvo frente a la suya. La besó entre lágrimas, un beso lento, un beso de despedida.
Se levantó y la manta calló al suelo.
- Será mejor que te vayas ya. Debo estar solo.
Ella seguía de rodillas, abrazada a sí misma. Lloraba desconsoladamente.
- En mi coche está todo. Llévatelo.
Él desapareció en la habitación contigua y cerró la puerta con llave desde dentro.
Ella se levantó al poco y desvió la mirada hacia la pared. El soporte del rifle de su padre estaba vacío. Apretó los labios sin conseguir contener las lágrimas, que resbalaban sin cesar por sus mejillas.
Le lloraría siempre.
Salió de la casa y fue hasta el coche de su marido. En el asiento del copiloto estaban los resultados del tercer análisis. Tumor escamoso; no operable. Como mucho tres meses de paliativos. Junto al informe, una copia del certificado de últimas voluntades actualizado y las directrices para Sonia, su abogada. Todo bien atado, como era él. Pulcro y organizado. Nada al azar. Y menos su muerte, claro.
Ella fue hasta su coche y se cerró de un portazo para evitar el frío.
El Macallan de 18 años lo compró el día que murió su padre, de un tumor escamoso inoperable después de meses de sufrimiento y agonía. Siempre dijo que se lo bebería el día de su fiesta de despedida.
Metió la llave en el contacto, y antes de arrancar sonó el disparo. Fuerte y seco.
Julio del 2026.
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