jueves, 16 de julio de 2026

[Batallitas] Cita a Ciegas (parte I)

Escrito originalmente en diciembre del 2006 
Revisado en julio del 2026 (joe ¿20 años ya?) 





Lo que se narra a continuación son los hechos tal y como acontecieron. Bueno, al menos como yo los recuerdo una década después. De todos es sabido que con el tiempo los recuerdos se vuelven selectivos, se autocompletan y tienden a dramatizar lo sucedido.


Corrían los emocionantes 90, el grunge y la música electrónica ponían banda sonora a la explosión de internet, la primera PlaySation reventaba el ocio doméstico, y “Jurassic Park” triunfaba en cines mientras “Friends” lo hacía en TV. 

Y en la universidad hacíamos de todo menos ir a clase. 

Como miembros de la asociación universitaria AESS (Aerospace and Electronic System Society, toma ya), una rama estudiantil del IEEE, gozábamos de un despacho compartido con otra asociación. En nuestra mitad teníamos un flamante PC conectado a Internet con Windows 3.11 (trabajo en grupo); la otra mitad del despacho la ocupaba, casi en su totalidad, un ser de enormes dimensiones y mirada feroz, con quien manteníamos las distancias y al que tratábamos de mantener bien alimentado, por si acaso. Nunca supimos quien era, ni a qué asociación pertenecía.

Y así, navegando por la red de redes, batiendo récords del “buscaminas”, jugando al mus y conquistando el mundo en el Risk, pasábamos las horas entre el despacho, el bar y nuestros vecinos de TelecoGresca (despacho colindante) para perdernos en el País de Nunca Jamás (otra historia, otro día). 

Hasta que un venturoso día, alguien nos abrió los ojos al maravilloso e inconmensurable mundo del chat. ¿Cómo? ¿Poder hablar con cualquier persona del planeta sin moverse del despacho? ¿Entrar en canales católicos interpretando al anticristo y en foros lésbicos haciéndonos pasar por modelos guarrindongas? ¡Y todo con absoluto anonimato! ¡¡Toma mi dinero!! Ay... aquello era el paraíso del universitario ocioso. 

Un par de compañeras de asociación (pues sí, en telecos había chicas y hasta nos relacionábamos con ellas) descubrieron en el chat la plétora de las relaciones sociales: 12 ventanas abiertas con conversaciones simultáneas fue el récord (no exagero), y ya les hacían ver eso del internet con otros ojillos. Con ojillos golosones. 


Al caso. Cierta tarde andaba yo trasteando en el canal #barcelona del mIRC cuando inicié uno de esos piques dialécticos, sazonados con ocurrencias de lo más ingeniosas, con lo que decía ser una chica (que nunca se sabe). No recuerdo muy bien cómo, pero el tema derivó al menosprecio de mis categóricas y valiosísimas opiniones, aludiendo a mi corta edad. Supongo que rondaría los veintitrés, que tampoco es que fuese un niño de teta, pero como la moza decía que me aventajaba en unos cuatro años, argumentaba que esa diferencia le aportaba a ella un conocimiento y visión de la vida de los que yo carecía, y por ende, mis opiniones carecían de valor. 

"Falacia ad hominem como un pino”, pensé. 

Así que, no rindiéndome ante tan débil argumento, aludí a ello: 

orco_salvaje69> débil argumento es ese, bonita. 
pitufina27> pues si tan seguro estás de estar a la altura de las circunstancias... 
pitufina27> 93 123456 (para los ansiosos, no es real, me lo he inventado) 

Tal fue mi sorpresa que durante un instante no supe qué hacer. Parpadeé 3 veces y releí. 

- Tío, que me ha dado su teléfono -compartí con un amigo que esperaba turno del mIRC jugando al solitario con una baraja algo pegajosa ya. 

- Es un tío y se va a partir el culo cuando lo llames –dijo Pepe con su marcado acento onubense sin apartar la mirada de las cartas. 

- No creo. Demasiados comentarios de tía -me recosté en la silla del despacho y crucé brazos. 

- Es un tío maricón y te va a petar el culo por teléfono cuando lo llames -sentenció Pepe con una de sus clásicas burradas sin filtro. Y soltó una sonora carcajada. 

Abandonó las cartas y se sentó junto a mí. Era un tío rubio, delgado y de intensos ojos azules estilo nórdico, que te pegaba un bofetón cognitivo al oírlo hablar con su acusado acento del sur. 

Juntamos cabezas y le dimos un repaso a la conversación. 

- Joe, shulito. O este tío es muy, muy, pero que muy moña, o de verdad es una niña. 

- ¿Qué te dije? 

- ¡Eres un pichabrava, shulito! –dijo dándome una fuerte palmada en la espalda-. Apuntando alto, machote. Que te vas a follar a una tía que ya sabe de lo que va esto. Así te enseña un par de cositas, ¡y me las cuentas luego a mí! 

Otra carcajada. Era más bruto que un arado. 

- Seguro que es una ninfómana –continuó fantaseando Pepe- que consigue sus tiernos jovencitos universitarios en el chat y los convierte en hombres follándoselos como Dios manda. Venga, llámala, que seguro que ya se está frotando la entrepierna pensando en esas palabritas tan graciosas que le dices, shulito. 

- Tío, que no lo tengo claro. 

- ¡Pero tú eres gilipollas o qué! Una tía te ha dado su teléfono, pichulín. Esta noche mojas, o te empala un travelo. Aún estoy al 50%. ¡Jajaja! ¡Llama ya, cohones! 

Le dediqué al bueno y bruto de Pepe una intensa mirada de circunstancias: reto aceptado.

Descolgué el teléfono del despacho y marqué el número. Pepe se acomodó dispuesto a pasar un buen rato. A los pocos timbrazos oí una voz femenina y bastante agradable. 

“Gracias a Dios, una chica –pensé- Lo que se hubiese reído Pepe y el calvario que me hubiese hecho pasar el resto de carrera.” 

- Si que has tardado. ¿Tenías miedo, chiquitín? 

- Sí, de que fueses un camionero francés con intenciones perversas. 

Pepe trató de ahogar una carcajada. Ella soltó una risita agradable. 

La conversación duró lo justo para decirnos cuatro tonterías pretendidamente graciosas, darle mi número de teléfono para hablar más tarde y con más calma desde casita, y que Pepe representase una de las mejores mímicas de felación con lengua y mano que se han visto nunca. 

Y en una época sin móviles, sin whassaps ni apps de citas, con un único teléfono fijo por hogar al que tenías que llamar sabiendo que descolgaría el padre de la chica que te gustaba (eso es echarle huevos, chavales, no si das o no la "like" en Instagram), yo había cometido mi primer gran error: darle el número de teléfono de mi casa a una absoluta desconocida.


Más tarde y ya en casita, volví a hablar con pitufina27. Me podía el ansia. 

Estirando el cable del teléfono de la cocina, conseguí llegar hasta mi cuarto y entornar algo la puerta, para tener cierta falsa sensación de intimidad. La charla resultó más relajada, menos afilada, en un tono divertido y algo cómplice. A través de su voz suave y bien modulada, todo fluyó con normalidad a una cita “tête a tête” al día siguiente. 

Como mis hermanas demandaban el artefacto con cansina repetición, la charla no se alargó más. 

“Uah, una cita a ciegas, nen. Como la peli de Kim Basinger.” – me entusiasmé.

La verdad es que revisando el pasado te das cuenta de ciertos indicios que deberían haber activado alarmas y varias luces rojas. En concreto al comentario que hizo cuando le pregunté cómo iba a reconocerla; sí, eso tan bonito de las citas a ciegas: “pues llevaré boina francesa ladeada con un jersey de cuello cisne y estaré leyendo poesía social francesa del 65 para resultar de lo más interesante”. Ella respondió, con aparente molestia, que todos los tíos éramos iguales, que sabiendo cómo reconocerte, nos esperábamos escondidos en una cabina o tras una farola, y si no les gustaba lo que veían, desaparecíamos sin dejar rastro. 

Otras, como muy preciso todo, ¿no? 

Así que decidí identificarme yo (uno no quiere ser como TODOS los tíos, claro) y le contesté que estaría en la terracita del bar bebiendo una Voll-Damm y leyendo un libro. Y nos despedimos tan ricamente. 

Me fui a dormir con una sonrisa de idiota en la cara provocada por el entusiamo del pobre inocente que, cegado por la esperanza y la inexperiencia, se las promete más que felices. 

En fin.

(continuará...)

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