Hasta ahora:
Los 90, yo escuchaba a
TerrorVision y flipaba con la animación y BSO de “Pesadilla antes de Navidad”. En mi
cuarto, póster de “Pulp Fiction” tras la puerta y un PC 286 con disquetera 3 ½
que ejecutaba el DOOM con tirones. Sin internet.
En el despacho de AESS, tras una
picajosa conversación con una chica mayor (según ella, claro), habíamos terminado concertando una Cita a Ciegas.
Ahora:
El acontecimiento iba a ocurrir en
bar El Sol de la Plaza del Sol (originales) en Gracia. Para más “inri” me llevó
mi ex en moto: no preguntéis, no recuerdo cómo la lié para llevarme. Una rubia
pizpireta que parecía más entusiasmada con la cita que yo.
Sin parar de hablar hacia atrás en
la moto y de hacer eses por media Barcelona, para saber con pelos y señales
cómo demonios había conseguido yo una cita a ciegas, llegamos a Gracia de una
pieza. Nos despedimos no sin antes jurarle que se lo contaría todo, todo y todo,
y así, lozano yo, troté con saltitos alegres hacia el escenario de mi oprobio.
Sentado incómodamente en la mesita
en la terraza y con mi fresquita botella de Voll a mano, me dispuse a esperar
los 5 minutillos que faltaban para “la experiencia”, leyendo lo que pudiese de
mi fiel compañero el señor libro (que no es siempre el mismo).
Al cuarto de hora y con la cerveza
casi terminada empecé a lanzar miradas por la plaza por si veía a alguna fémina
dentro de la cabina de la esquina, o parapetada tras alguna farola.
Nada.
Pedí otra Voll-Damm y continué con
el libro sin prestarle ya demasiada atención, despistándome por cualquier
movimiento sospechoso en mi campo visual.
A la media hora larga de espera ya
había decidido que me habían dado plantón y estaba de nuevo enfrascado en la
lectura cuando el sol, del que tanta gala hace la plaza, quedó eclipsado en
mesita y libro.
- ¿Óscar?
Levanté la vista con una media
sonrisa para descubrir al troll de las cavernas que me había hablado. Un ser de
enormes dimensiones ataviado de tules negros, cuero y tachuelas cromadas, con
gafas cerradas de alta montaña y clips rosas en un pelo negro cuervo, que
resaltaba espantosamente la blancura cerúlea de su rostro hinchado y repleto de
granos.
Era como si a Jabba el Hutt le fuese
el rollo Marilyn Manson y quisiera tomarse unas birras conmigo.
Mi cerebro entró entonces en modo Matrix
(tiempo pausa) y en décimas de segundo evalué las posibilidades:
a) Responder
“No señorita, se equivoca, mi nombre es Luís Alfredo y me está tapando el sol”.
b) Lanzarle la
Voll a la cabeza, para aturdirla los segundos suficientes y coger ventaja
huyendo esquivamente por las callejas de Gracia, como si me persiguiese un
T-Rex (dando alaridos y sacudiendo los brazos).
c) Llamar
a Stan Winston para que no se esfuerce en su nueva peli.
d) Todas
las anteriores.
Sorprendentemente no escogí ninguna
de estas y haciendo de tripas corazón y reponiéndome de la sobrecogedora y
escalofriante primera impresión (creo ser consciente que durante ese instante
de absoluta y terrorífica incertidumbre mi sonrisa se mantuvo la mar de
natural) decidí darle una oportunidad al pobre troll de las cavernas de Mordor.
- Si que has tardado, ¿no? –dije controlando
totalmente la situación- ¿Acaso tenías miedo?
¡Por Dios, Óscar! Que una cosa es ser compasivo
con los mutantes y otra muy diferente flirtear con ellos. No tengo remedio.
- No sabía si ibas a venir –dijo mientras tomaba
asiento haciendo chirriar la sillita.
No entendí si eso era una explicación a su retraso
o estábamos ya en otra conversación. Sonreí algo nervioso y decidí acabarme la
segunda Voll de un trago.
El caso es que no recuerdo muy bien
de qué estuvimos charlando. Yo estaba obsesionado con la palidez mórbida de su
piel. Recuerdo algo de que se había enamorado, en las para-olimpiadas de
Barcelona (había sido voluntaria), de un atleta senegalés, y que había huido
con el equipo de vuelta al Senegal obnubilada (digo yo) por el exotismo y
misterio que debe emanar un fuertote atleta senegalés. Parece ser que no
funcionó y se volvió a Barcelona. O igual es que los furtivos la confundían con
un gorila de lomo blanco, vaya usted a saber. El caso es que el troll tenía
anécdotas para dar y tomar, todas con un aire de nostálgica amargura. También
me contó sobre las charlas con su padre, que entraba de noche en su habitación
cuando ella estaba ya acostada y se sentaba a los pies de la cama para hablar
de cómo había ido el día, y de todo un poco. Si no tenemos en cuenta que su
padre había muerto hacía años, hubiese sido una anécdota de lo más
intrascendente, claro.
Y entre trago y trago de mi tercera
Voll decidí que al menos estaba resultando interesante. Ay, qué malo es el
alcohol.
- ¿Qué pensarías si te digo que me gustaría salir
contigo? –dijo de repente el ogro gótico.
Si hubiese sido una peli, la musiquilla
entretenida que acompasaba nuestra charleta hubiera sido interrumpida de
repente con el ruido de un disco rayado.
Encefalograma plano.
Sudor frío en las palmas.
Latidos detenidos.
- Pero si no nos conocemos –argüí yo, tratando de
reactivar mi sistema neural para acceder al catálogo de excusas que habían
usado conmigo.
- Para eso saldremos, para conocernos mejor.
La simple idea de besar a la viscosa cosa del
pantano me hizo amagar una arcada.
“Es que yo te veo sólo como una amiga” (no, esa no), “es que eres muy joven” (tampoco), “seguro que encontrarás a otro y le harás muy feliz” (no, esta es para cortar), “es que tengo que darle la pastilla al gato y se me ha olvidado” (buff.. y esta a qué viene).
- Es que yo salgo con quien me gusta
-mal respondí ¿y por qué? Pues yo qué sé. Aún podía tirarle la Voll a la cabeza
y huir, ¿no? Empezaba a haber bastante gente por la zona y podría darle
esquinazo en un par de calles.
Miré alrededor. Ella se inclinó
hacia mí.
- ¿No te gusto?
“Pues claro que no me gustas Barón Harkonnen, que
estás como una regadera. Aleja, aleja bicho.”
- Me refiero a que sólo hemos hablado un rato, no
tengo una idea formada -respondí con una serenidad que aún hoy me asusta,
dándole otro tiento a la cerveza y sopesándola.
“Olé mis huevos”.
- Pues yo lo tengo muy claro. A veces con cuatro
palabras bastan para saberlo.
“Esto no puede ser real”.
- Bueno, ejem… pero yo funciono así.
Soy como más clásico ¿sabes? Conoces a alguien, te haces amigo porque te
sientes a gusto… eso evoluciona… y tal.
- ¿Y el flechazo? -lo dijo con un
susurro sensual.
“Voy a vomitar”.
- Podrías arriesgarte y cambiar,
para probar.
“Para qué, tampoco necesito
amartillarme los testículos para saber que va a ser una de las experiencias más
horrorosas y dolorosas de mi vida.”
- Humm… no funcionaría, necesito
sentir algo (que no sea miedo y repulsión cada vez que te miro).
- ¿Ves como eres un crío? -se volvió
a reclinar en la silla-. Se te plantea una situación de adultos y te pones
nerviosito como un flan.
“¡Pues sí! ¡Soy un crío! ¡Y quiero
volver con mi mamá, ya!”
- ¿Nervioso? Yo no estoy nervioso.
- ¿Y por qué no dejas de sacudir la
pierna?
Miré hacia mis piernas y en efecto,
estaba dando golpecitos de talón con mi derecha.
- Es que me estoy meado. Las tres
Volls... –solté con carita de inocente.
- Pues ve a mear, hombre. Ve.
- Con su permiso.
Y desaparecí en el bar para mear a
presión durante un minuto entero mientras avaluaba la posibilidad de escapar
por el respiradero del apestoso escusado. Pero quién me mandaba a mí, meterme
en una cita a ciegas. Desde luego yo no era Bruce Willis, y vive Dios y todos
los ángeles el Reino Celestial, sus madres, tías, primos y abuelas que ella
pertenecía a una dimensión opuesta a la de Kim Basinger.
Puto Pepe. Esto era culpa suya y no se lo pensaba contar jamás. ¡Jamás!
- ¿Tenéis puerta trasera? –le
pregunté al camarero.
- Qué.
- Nada, déjalo.
Me escondí tras el poto (¿potus,
potos, potos, puta ya?) del bar sin saber qué demonios hacer.
Vale, sí, mi niño interior estaba asustado, como mi adulto interior. Ya había aprendido la
lección y ahora quería que el comerrocas de pesadilla “made in” Wes Craven
desapareciera para poder salir tranquilo.
Pero ella permanecía allí. Con las manos sobre sus piernas y la mirada perdida.
Inmóvil.
(continuará...)

